Domingo de Ramos (B), Una reflexión

Domingo de Ramos en la pasión del Señor

domingo de ramos

Reflexión del día

Celebramos hoy el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. El Nombre que se le ha dado a esta celebración nos resulta especial, pues, si bien entre ramas, pañuelos y banderas  aclamamos a Cristo Rey, también tenemos puesta la mirada en la subida al monte santo de Jerusalén.

Esta Jerusalén es clave en el plan de salvación de Dios, pues en ella, según el pensamiento judío, reside la gloria de Dios. Cristo sube a la ciudad santa para ser coronado con esta gloria; sin embargo, es necesario que cumpla las promesas del Antiguo Testamento y se constituya a sí mismo en el Siervo doliente de Yahveh (cf. Is 52, 13 – 53, 12). La coronación del Hijo como el predilecto tiene un paso necesario: la Cruz, la cual, no sólo la vemos reflejada en un madero, sino también en el abandono de sus amigos, en las injurias de los que fueron testigos de sus múltiples curaciones o acciones milagrosas; por eso, hoy leeremos los textos que nos narran el ajusticiamiento y humillación de quien se constituye en el Señor de la Historia.

El Hijo de David, a quien todos los habitantes de la ciudad real de Israel aclamaban, subirá para indicar que el camino del dolor, la soledad y el silencio de Dios, también son la ruta para encontrarse con él. Nuestra sociedad actual descarta este camino, lo rechaza, lo considera inútil y mucho más cuando se reconoce que el trasfondo de todo este camino de sufrimiento es un acto de donación libre y desinteresado. Poco resulta apetecible sacrificar tanto para recibir tan poco; pero hoy, cuando nos adentramos al misterio central de nuestra fe, debemos reconocer que elegimos un camino distinto y esto será sellado en la noche santa del Sábado, donde renovando nuestras promesas del bautismo nos comprometemos a ser sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13); no se trata de un sacrificio mezquino y sin sentido, por el contrario, debemos buscar, en lo profundo de nuestra oración cómo con él hacemos realidad las palabras que decimos tantas veces: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Sólo de este modo, y con los ojos puestos en el Hijo de David, será posible comprender las palabras del Apóstol que escucharemos en la segunda lectura de este día:

[Cristo] se rebajó a sí mismo
hasta morir por obediencia,
y morir en una cruz.
Por eso, Dios lo exaltó sobremanera
y le otorgó el más excelso de los nombres,
para que todos los seres,
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
caigan de rodillas ante el nombre de Jesús,
y todos proclamen que Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 8-11)

A.M.D.G.

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Kiononía san Ignacio

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