XIV Domingo del Tiempo Ordinario (B): Reflexión

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO B

TE BASTA MI GRACIA

TINTORETTO
The Martyrdom of St Paul
c. 1556
Oil on canvas, 430 x 240 cm
Madonna dell'Orto, Venice

Hermanos: Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido:

Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

2Co 12, 7-10

Seguimos en el camino del Tiempo Ordinario. La luz de la Pascua no se ha difuminado; antes bien, su fulgor aún relumbra en nuestro caminar de fe. Hoy, al celebrar el XIV domingo, el misterio pascual asoma con todo su misterio y novedad en las palabras del Apóstol Pablo.

La comunidad de Corinto comenzaba a vivir perplejidades que fragmentaban la comunión. Algunos autodenominados superapóstoles, hacían ver su poder entre las gentes por su capacidad para las curaciones, el dominio de lenguas angélicas y diversas formas sobrenaturales. La analogía entre los hombres del mundo antiguo era simple: si tiene la capacidad de dominar la naturaleza y hacer trucos desconcertantes en ella, pues, posee el poder de la divinidad. Esto hizo que la transmisión de la verdad Evangélica se centrara más en estos signos fantásticos que en la misma persona de Cristo y el mayo de los milagros que acomete su discípulo: la caridad. Estos superapóstoles, pues, ponen en entredicho la capacidad, poder y genuino apostolado de Pablo, lo cual le indigna, ya que Corinto fue una de las comunidades custodiadas con mayor esmero.

Pablo, toma la palabra para defender la autenticidad de su vocación, la cual, se manifiesta en su debilidad, en esa espina que se clava en su carne y le recuerda cuan imperfecto es frente al mensaje, dignidad y divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios bendito. Pablo reconoce que es nada: su nada ante el todo, su pequeñez y fragilidad, cosa que es ajena al inmenso ego de los superapóstoles, para quienes la gloria de Dios reside en la salud y la abundancia; por el contrario, Pablo, reconocerá cómo la mano de Dios se manifiesta en su fragilidad, en las penurias vividas, en la cruz abrazada.

Dura tarea a la cual, muchos huimos. En un mundo donde el confort y el lujo son las máximas de la vida del hombre, los cristianos nos vemos tentados a buscar más esas voces que alejan de nosotros la escasez, la enfermedad y la contrariedad. Abundan los videntes, los gurús que nos garantizan la dicha al cumplir con sus rutinas, aun usando a las figuras más admirables de nuestra fe católica como el Espíritu Santo, la santa Cruz, la Virgen María, los ángeles o los Santos. Hoy la palabra nos lanza al silencio, ese silencio en el que resuena la verdad de lo que somos, la simplicidad y el desarraigo; ese silencio donde el hombre es desnudez y no otra cosa; esa noche oscura del alma donde, a pesar de la adversidad, resuena una esperanza, la voz del quien ES más allá de la apariencia, de quien camina con nosotros, de quien es fiel, tal como lo confesábamos en la noche santa de la Pascua y hoy nos anima diciéndonos:

«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad»

No somos cristianos por los milagros exuberantes, lo somos, porque sabemos que tenemos un Padre que derrama, por su Espíritu, un infinito amor entre quienes le hemos reconocido en la misericordiosa mirada de Cristo. Abramos, como Pablo, nuestro corazón a la oración, con las palabras del Beato Charles de Foucauld.:

Padre mío,

me abandono a Ti.

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,

estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo.

Con tal que Tu voluntad se haga en mí

y en todas tus criaturas,

no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.

Te la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón,

porque te amo,

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en Tus manos sin medida,

con infinita confianza,

porque Tu eres mi Padre.

==================================

Vea las moniciones para la Eucaristía de este XIV Domingo del Tiempo Ordinario.

Si le gustó esta reflexión, regálenos sus comentarios (Y si no le gustó, también)

==================================

Kiononía san Ignacio

Anuncios
Categorías: Reflexiones | Etiquetas: , , , | 1 comentario

Navegador de artículos

Un pensamiento en “XIV Domingo del Tiempo Ordinario (B): Reflexión

  1. Pingback: XIV Domingo del Tiempo Ordinario (B) | Monicionista litúrgico

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: