XV Domingo del Tiempo Ordinario (B) Reflexión

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO B

BENDITO SEAS, MI SEÑOR
POR EL TESORO DE TU AMOR

ANGELICO, Fra
St Lawrence Receives the Treasures of the Church
1447-50
Fresco
Cappella Niccolina, Palazzi Pontifici, Vatican

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la Persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.
Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad.
Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.
[Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros –que habéis escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que habéis sido salvados, y habéis creído– habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual –mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios– es prenda de nuestra herencia.]

PALABRA DE DIOS

En el Tiempo Ordinario la liturgia se viste de diferentes matices, los cuales nos ayudan a profundizar en nuestro acercamiento al misterio de la salvación. Nosotros continuamos el camino de seguimiento a las segundas lecturas de la Liturgia de la Palabra dominical; en este caso, al himno cristológico de la carta de san Pablo a los Efesios.


Si prestamos atención a la Palabra proclamada, encontramos como ésta nos remite a un elemento esencial en la vida del Cristiano. Vemos como Amós, el profeta es enviado al pueblo de Israel, muy a pesar que él no es ni docto ni menos un profesional en el tema de profecías; él es un pastor, alguien que poco contaba en el entonces pomposo reino del norte: Israel. Del mismo modo, en el Evangelio nos encontramos con una situación similar: Jesús toma a sus amigos, a quienes incipientemente le conocían para llevar un anuncio: “Vuelvan a Dios” (cf. Mc 6,12), de dicho anuncio se derivaron los milagros y otras acciones de Dios.

El tema entonces es claro para este domingo: la misión. Esa es una de las conclusiones que nos arroja la conexión entre la primera lectura (Am 7, 12-15) y el Evangelio (Mc 6, 7-13); pero ¿Dónde podemos ubicarnos desde la segunda lectura que hemos decidido apreciar como camino de seguimiento del Señor para este 2015?

Una posible relación ante esta pregunta y que fue sometida a consideración entre los representantes de las koinonías y grupos pastorales de la parroquia de san Jerónimo en la Diócesis de Engativá (Colombia), estaría dada por un signo: El tesoro. No podemos salir a anunciar algo que no nos resulte sumamente preciado a nosotros; algo que valga realmente la pena que muchos puedan apreciar. Es allí donde encontramos especial gusto al leer el himno de los Efesios, el cual nos pone de cara ante la misteriosa obra de gracia, salvación y amor de las Tres Divinas personas. El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo están derramando en abundancia su amor salvador, el cual nos hace hijos del Padre (Ef 1, 3), nos lleva en Cristo a recibir la plenitud de su heredad (Ef 1, 4-6) y nos sella con la fuerza del Espíritu Divino para recibir dicha salvación (Ef 1, 13-14). El hombre (San Pablo) solo observa atónito esta obra salvadora y la convierte en la riqueza de su vida.

¿Como cristianos consideramos que nuestra fe es un tesoro invaluable?

Muchos nos vemos seducidos por ideologías, tendencias y prácticas religiosas ajenas a las que hemos decidido abrazar; y no se trata de una negación del diálogo, a la acogida del otro, sino de una visión difusa de nuestra identidad cristiana. No se puede salir a anunciar un mensaje que no se conoce, del que uno no se siente actor, del que uno no considera su tesoro más preciado.

Junto con la Iglesia de Éfeso y la Universal, demos gracias a nuestro Dios que nos ha amado desde antes de que el día fuese; elevemos nuestra bendición y salgamos con espíritu generoso a manifestar la alegría del Evangelio. Tal vez no volvamos la vista a los ciegos y hagamos prodigios sobrenaturales; pero sí alejaremos de los demás el demonio de la desesperanza, de la falta de sentido, de la egolatría reinante, de la carencia de Dios, lo desechable de lo valioso. Que podamos cumplir con la misión apostólica y sembrar una inquietud que lleve a los hombres y mujeres a querer volver a Dios.

Que María y José nos ayuden a custodiar y cultivar el hermoso don de Dios dado a nosotros.

A. M. D. G.

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Vea las moniciones para este XV Domingo del Tiempo Ordinario

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Kiononía san Ignacio

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