XXIV Domingo del tiempo Ordinario (B) : Reflexión

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO B

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 14-18

Hermanos míos, ¿de que le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá salvarlo la fe? Supongan que un hermano o hermana andan medio desnudos, o sin el alimento necesario, y uno de ustedes le dice: vayan en paz, abríguense y coman todo lo que quieran; pero no les da lo que sus cuerpos necesitan, ¿de qué sirve?

Lo mismo pasa con la fe que no va acompañada de obras, está muerta del todo. Uno dirá: tú tienes fe, yo tengo obras: muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré por las obras mi fe.

PALABRA DE DIOS

LA RIQUEZA DE NUESTRA FE SE MANIFIESTA EN NUESTROS ACTOS

Dice Mt. 5,16: “Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo”. Y también en 7,21: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo”.

Dos versículos muy ligados a la lectura del día de hoy y en los cuales Santiago parece evocar el recuerdo de su Señor.

Los primeros cristianos se vieron inmersos en múltiples contiendas conceptuales y vitales de lo que debía ser esa experiencia de seguimiento del Maestro como comunidad; una de estas contiendas es el trasfondo de la carta que hoy leemos, donde la fe y las obras, la salvación por la gracia o por el ejercicio de la caridad parecen estar en pugna. Lo cual nos remite a las confrontaciones que Pablo y Santiago (cf. Hch 15, 13-21. 21, 17-40) tuvieron en algún momento. Sin embargo, ni Pablo, ni Santiago niegan la concepción de que la salvación es una gracia de Dios pero que, como regalo de lo alto, requiere de nuestra participación activa.

Muchos caemos en el error de considerar que la plegaria es nuestra única acción válida para alabar al Señor y, cada vez más, decepcionamos al mundo al mostrarnos como personas del templo pero con actitudes contrarias a la fraternidad y la caridad, en algunos casos casos más extremos, hasta indolentes ante toda miseria humana. Justamente esta falta de vida de la fe es la que señala Santiago, la que reprocha. Es un mensaje para quienes desde la palabra y el discurso podemos armonizar el universo, pero no lo hacemos en el encuentro con el otro. Justamente, si miramos al Evangelio del día de hoy (Mc 8, 27-35), Jesús lanza una pregunta íntima que nos implica su re-conocimiento, decir y vivenciar quién es él, sin libros, sin palabras oídas, sin apariencias, desde la intimidad de la persona y la comunidad de fe. En la soledad de la llama de una vela responderemos quién es él; tal vez, él mirará nuestro corazón y nos dirá: “Vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 34b) o “Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41b) por los frutos que hemos cosechado de la caridad y la gracia que hemos recibido de nuestro Señor.

Que en esta nueva semana que el Señor nos concede, resuene en nuestros corazones la siguiente palabra: “muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré por las obras mi fe” (Sant 2, 18b). Que nuestras acciones unidas a la intensidad de nuestra oración nos permitan embellecer el mundo, esta casa común, que estamos llamados a defender. En conclusión, que podamos unirnos a lo que en algún momento mencionó el fundador del movimiento scout cuando se despedía de sus amigos: “Traten de dejar este mundo en mejores condiciones de como lo encontraron; de ésta manera, cuando les llegue la hora de morir, podrán hacerlo felices porque, por lo menos, no perdieron el tiempo e hicieron cuanto les fue posible por hacer el bien“. (Lord Baden Powell of Gilwell)

Que la intercesión del Apóstol Santiago nos motive a vivir con intensidad la vocación a la que el Señor nos ha llamado.

A.M.D.G..

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Kiononía san Ignacio

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