XXV Domingo del Tiempo Ordinario (B) : Reflexión

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO B

MOSAIC ARTIST, Italian
Apse mosaic (detail)
1145-60
Mosaic
Cathedral, Cefalù

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 3, 16 -4, 3
3,13: ¿Hay entre ustedes alguien sensato y prudente? Demuestre con su buena conducta que actúa guiado por la humildad propia de la sabiduría. 3,14: Pero si ustedes dejan que la envidia los amargue y hacen las cosas por rivalidad, no se engañen ni se burlen de la verdad. 3,15: Ésa no es sabiduría que baja del cielo, sino terrena, animal, demoníaca. 3,16: Donde hay envidia y rivalidad, allí hay desorden y toda clase de maldad.
3,17: La sabiduría que procede del cielo es ante todo pura; además es pacífica, comprensiva, dócil, llena de piedad y buenos resultados, sin discriminación ni fingimiento.
3,18: Los que trabajan por la paz, siembran la paz y cosechan la justicia.
4,1: ¿De dónde nacen las peleas y las guerras, sino de los malos deseos que siempre están luchando en su interior?
4,2: Ustedes quieren algo y si no lo obtienen asesinan; envidian, y si no lo consiguen, pelean y luchan. No tienen porque no piden. 4,3: O, si piden, no lo obtienen porque piden mal, porque lo quieren para gastarlo en sus placeres.
4,4: ¡Adúlteros! ¿No saben que ser amigo del mundo es ser enemigo de Dios?, por tanto, quien quiera ser amigo del mundo se convierte en enemigo de Dios.
4,5: Por algo dice la Escritura: Dios quiere celosamente a nuestro espíritu; 4,6: y en hacer favores nadie le gana. Por eso dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.
4,7: Sométanse a Dios. Resistan al Diablo y huirá de ustedes; 4,8: acérquense a Dios, y se acercará a ustedes.
Purifiquen sus manos, pecadores, y santifiquen sus conciencias, indecisos.
4,9: Reconozcan su miseria, hagan duelo y lloren. Que su risa se convierta en llanto y su gozo en tristeza.
4,10: Humíllense delante del Señor y él los levantará.
4,11: Hermanos, no hablen mal unos de otros. Quien habla mal o juzga al hermano, habla mal y juzga a la ley. Y si juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino su juez.
4,12: Uno es el legislador y juez, con autoridad para salvar y condenar. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?

PALABRA DE DIOS

LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ, SIEMBRAN LA PAZ Y COSECHAN LA JUSTICIA. (Stg 3,18)

Si bien este domingo se nos presentan solo seis versículos, conviene que nos detengamos a considerar esta perícopa en un sentido más amplio, para ello hemos puesto otro color a los versículos que la circundan.


Santiago, quien nos ha venido previniendo sobre los elementos discursivos que dividen a la comunidad cristiana dándonos su perspectiva desde el mensaje de Cristo llevado a la práctica.

En primer lugar, considera la sabiduría. Como sabemos, el cristianismo recibió no sólo judías de prácticas muy conservadoras respecto de la Ley, sino también algunos que, dispersos por Europa y Asia, habían abierto sus tradiciones al pensamiento griego (helenista); por otra parte, estaban los gentiles que se habían convertido a la fe cristiana procedentes de diversas formas culturales: Romanos, Árabes, Egipcios, entre otros; cada uno de estos grupos, si bien profesaban la fe en Jesús Cristo de Dios Hijos Salvador (IXTHYS), también conservaba las prácticas de su cultura, lengua y cosmovisión. Como bien sabemos, la filosofía encuentra su origen formal en Grecia: el amor por la sabiduría era una práctica que desde la pedagogía permeaba todos los niveles de la vida, y no sólo en Grecia, sino también en Roma y todos sus dominios. Dicha sabiduría se demostraba mediante ejercicios retóricos, en los cuales la palabra, ayudada por la gramática y la lógica, era capaz de conducir el pensamiento a regiones inusuales. Pues bien, ante estos retóricos escribe Santiago; a los cuales, más que excluirlos de la comunidad (excomulgarlos), los invita a demostrar su sabiduría mediante la mayor muestra de sabiduría de Dios: la Caridad; la cual, en lugar de dividir a la comunidad por la conceptualización de ideales, la lleva a permanecer en comunión con los ojos puestos en su salvador.

En segundo lugar, y consecuencia de lo anterior, advierte a todos, tanto a los doctos como a los que no lo somos, de cuáles son los males que dividen a la comunidad de fe: la ambición gestada por obra del demonio en el corazón del hombre. Aquí resuenan las siguientes palabras del Señor: “¿No ven que lo que entra por la boca pasa al vientre y luego es expulsado del cuerpo? En cambio, lo que sale por la boca brota del corazón; y eso sí que contamina al hombre” (Mt 15, 17-18). Santiago, reconoce, pues, que ante esta realidad, que ha marcado la historia de la humanidad hasta el día actual y que hace presencia en nuestras comunidades con mayor frecuencia gracias al individualismo de nuestra cultura consumista, hay un antídoto: la humildad.
Humíllense delante del Señor y él los levantará”. (Stg 4,10:)
Pero humildad efectiva, no discursiva; humildad que genera comunión, no dispersión; humildad que refleja la sabiduría del Dios, no la de los hombres; humildad que genera paz y no afecta a los demás con el sufrimiento; humildad de saber lo que se es delante de Dios y la comunidad cristiana. Este mensaje sí que nos resulta necesario en un mundo donde la apariencia se ha adueñado hasta de las esferas íntimas de la vida; donde el perfil de una red social es la carta de presentación de un hermano en la fe, donde los anillos en los dedos, los celulares de alta gama y otros excesos le dan un alto lugar de estima en nuestras conciencias y nuestras comunidades (Cf. Stg 2, 2-4); donde cada vez somos más severos para juzgar el camino y vestidura de los demás sin atender a la obra que Dios quiere hacer con cada uno (Cf. Stg 4, 11-12).

Una carta que nos llama a la paz; paz que brota de la oración; de pedir a Dios lo que es justo: “hágase tu Voluntad”, no nuestras ambiciones que nos permitan estar en posición ventajosa ante los hermanos no para servirlos sino para vanagloriarnos, es decir, seguir en el juego de las apariencias.

Que el Espíritu del Señor que sondea nuestro corazones nos ayude a vivir en la verdad; a que nuestras palabras sean consecuentes con lo que decimos y con lo que profesamos.

María y José, custodios de la Iglesia, nos encomendamos a sus oraciones para poder descubrir lo que agrada al Señor y la fortaleza suficiente para vivir según su divina sabiduría. Amén.

A.M.D.G.

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Kiononía san Ignacio

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