IV Domingo de Adviento (C) : Moniciones

IV DOMINGO DE ADVIENTO

CICLO C – 2015

Mi 5, 1-4a / Sal 80 (79) / Hb 10, 5-10 // Lc 1, 39-45

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« Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad » (Hb 10, 7b)

MONICIÓN DE ENTRADA

Hermanos, vamos llegando al final del Adviento y con ello se hace necesario evaluar el fruto de nuestra espera; sin embargo, la Palabra de Dios nos recordará que más que todas nuestras acciones, lo importante es presentar a Dios nuestro ser; este es el sentido de la Encarnación que celebramos con tanto gozo.

Llenos de la alegría de la misericordia de nuestro Dios, iniciemos esta celebración.

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

La dicha del Señor está cercana, de ahí que un gozo desbordante nos invite a anunciar la misericordia de Dios a todos, del mismo modo que lo hizo la Virgen María. Hagamos de nosotros la ofrenda perfecta que dé frutos agradables de la esperanza sembrada por la Palabra de Dios hecha carne. Hagamos de la misericordia de Dios nuestro proyecto de vida. Escuchemos.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/. Ven, Señor Jesús.

1) Tú que pastoreas a tu pueblo con la fuerza de Dios, mira con bondad a tu Iglesia para que sea signo de misericordia en este tiempo que nos concedes vivir.

2) Tú que vienes cargado de bendición, protege con tu poder a nuestra ciudad de toda maldad para que cuando vuelvas encuentres en ella frutos de justicia y santidad.

3) Tú que acataste a cabalidad la voluntad del Padre, colma con la fuerza de tu Espíritu a quienes sufren la enfermedad, la soledad o el desempleo y encuentren, así, en ti su consuelo.

4) Tú, que en el vientre de María, llenaste de alegría a Isabel, regocija el alma de esta comunidad que se reúne a celebrar tu Nombre y aguarda en tus promesas.

5) Oración por las intenciones de la comunidad en particular.

MONICIÓN AL OFERTORIO

Cristo ha hecho de sí mismo la ofrenda perfecta al Padre de las misericordias. En este momento ante el altar, somos ofrenda con él. Depositemos en Cristo nuestra debilidad para que nuestro corazón sea una digna morada de su presencia. Hagamos nuestra ofrenda.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

Cristo, la esperanza de los pueblos y la luz de las gentes, la misericordia del Padre está en el altar. En espíritu de adoración, pasemos a comulgar incluyendo su Palabra en nuestro proyecto de vida.

ENCENDER LA CORONA DE ADVIENTO (Cuarto cirio)

(Para realizar en el momento que se considere oportuno)

Monición

El tiempo del Adviento va llegando a su fin y con él disponemos nuestro corazón para ser luz en medio del mundo. Hoy, al encender este cuarto cirio, nuestro corazón rebosa de alegría y esperanza al saber que Dios cumple sus promesas. Que esta luz nos mueva a confiar cada vez más en su misericordia.

Lectura del profeta Miqueas    7, 18-19

¿Qué Dios como tú perdona el pecado y absuelve la culpa al resto de su herencia? No mantendrá siempre la ira, porque ama la misericordia; volverá a compadecerse; destruirá nuestras culpas, arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados.

Palabra de Dios

Ministro

Padre de bondad y misericordia; que al encender este cuarto cirio de la “Corona del Adviento” que nos recuerda cómo cada vez está más cerca la noche santa de la Navidad de tu Hijo, podamos renovar nuestra fe y, movidos a una penitencia sincera, gocemos, al contemplar a tu Hijo hecho niño, de la alegría perfecta. Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

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Reflexión para este IV Domingo de Adviento

(SS. Francisco. Bula Misericordiae Vultus, 20)
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No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno se debe dar lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.

Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y otros publicanos y pecadores, dice a los fariseos que le replicaban: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. Se comprende por qué, en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las personas, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención a las necesidades que tocan la dignidad de las personas.

Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas –« yo quiero amor, no sacrificio » (6, 6). Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.

También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: « Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley » (2,16). Su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. No es la observancia de la ley lo que salva, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).

Kiononía san Ignacio

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