Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 2017 : Moniciones

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

CICLO A – 2017

Nm 6, 22-27 / Sal 67 (66) /Ga 4, 4-7 // Lc 2, 16-21

María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente.” (Lc 2, 19)

Velas para María

MONICIÓN DE ENTRADA

Nos reunimos hoy, primer día del calendario civil y día del Señor, para dar gracias por todos los dones recibidos de la bondad de Dios en el año anterior y colocar en manos de Santa María, la Madre de Dios, este nuevo que comienza.

Con el firme propósito de guardar la Palabra de Dios en nuestro corazón durante este nuevo año, celebremos la Eucaristía .

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

El encuentro con la Palabra de Dios es bendición para el creyente. El libro de los Números nos presenta una bella fórmula de bendición, la cual san Francisco de Asís repetía a sus hermanos. San Pablo, nos recuerda que nuestra mayor bendición se halla en Cristo, a quien Santa María albergó en sus entrañas. Como ella, guardemos la palabra de Dios en nuestro corazón y escuchemos atentamente.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/. Mira a la llena de gracia y escúchanos, Señor.

1) Al iniciar este nuevo año, Señor, te pedimos por la paz de los pueblos y los corazones, para que por la intercesión de Santa María, virgen, nos veamos libres de toda turbación.

2) Por tu Santa Iglesia, para que la protejas, la bendigas, la llenes con la santidad de tu misericordia y, así, en este nuevo año, seamos signo de tu presencia en la historia.

3) Por nuestros hermanos que padece los embates del mal: la enfermedad, el desempleo, la división de su corazón y la soledad, para que mirando a María y acudiendo a ella, sientan el poder de tu ternura y tu divina providencia.

4) Por todas la madres, en especial por aquella que son modelo de persistencia ante las adversidades y de amor hacia sus hijos, para que al contemplar a tu Santísima Madre, sean instrumentos de tu bendición en sus hijos, sus hogares y nuestra Iglesia.

5) Por nuestra comunidad de fe, para que al contemplar las virtudes de la Inmaculada Virgen María, sea asistida por su oración y enfrente los desafíos de este nuevo año para construir una Iglesia donde se siembre la semilla de la nueva evangelización y tu bendición.

MONICIÓN AL OFERTORIO

Como María, que hizo ofrenda de sí misma al Padre, permitiendo que en ella se manifestara su salvación y bendición al mundo, presentemos nuestras vidas y nuestros dones en el altar para que dejemos ver al mundo el poder de la ternura de nuestro Dios. Gozosos, hagamos nuestra ofrenda.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

Sobre el altar está Cristo, el niño de Belén, el divino salvador, hijo de María. Pasemos a comulgar con él y renovemos nuestro propósito bautismal, para que que este 2017 lo vivamos en íntima unión con su divina presencia. Pasemos como hermanos al altar.

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Descargue estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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:::::::REFLEXIÓN::::::

Del Concilio Vaticano II. Constitución dogmática, Lumen Gentium.

52. Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención del mundo, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer, … para que recibiésemos la adopción de hijos» (Ga 4, 4-5). «El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María». Este misterio divino de la salvación nos es revelado y se continúa en la Iglesia, que fue fundada por el Señor como cuerpo suyo, y en la que los fieles, unidos a Cristo Cabeza y en comunión con todos sus santos, deben venerar también la memoria «en primer lugar de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo».

53. Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a El con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial.

61. La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia.

62. Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.

Jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor; pero así como el sacerdocio Cristo es participado tanto por los ministros sagrados cuanto por el pueblo fiel de formas diversas, y como la bondad de Dios se difunde de distintas maneras sobre las criaturas, así también la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente.

La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador.

63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno.

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