Solemnidad de la Epifanía del Señor (A) 2017 : Moniciones

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

CICLO A – 2017

Is 60, 1-6 / Sal 72 (71) / Ef 3, 2-3a. 5-6 // Mt 2, 1-12

Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2, 10)

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos hermanos a la celebración del día del Señor. Hoy nos vestimos de fiesta en la solemnidad de la Epifanía, con la cual reconocemos que la luz de Cristo brilla para todas las naciones y hombres de la tierra. Por su misericordia somos llamados a gozarnos con esta luz. Aclamemos a nuestro Dios para que brille en nosotros su estrella y rindamos la adoración que el niño de Belén se merece. Exaltemos a nuestro Señor e iniciemos la celebración de la Eucaristía.

Estrella de Bethlehem 3

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

La estrella, que sobre Belén brilló y que los sabios siguieron, nos invita a centrar nuestro corazón en la Palabra de nuestro Dios, la cual no es un privilegio de unos cuantos, sino un llamado para todos los hombres y mujeres de la historia; de ello dan testimonio el profeta Isaías y San Pablo, el apóstol de los gentiles, es decir, de los no judíos.

Escuchemos la voz de nuestro Dios para que con su luz en nuestro corazón, atraigamos a todos a su amor y misericordia.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/.  Tú que eres nuestra luz, escúchanos, Señor.

1) Tú que resplandeces entre las tinieblas, acompaña y bendice a tu Iglesia, para que en espíritu de comunión, en ella resplandezca tu verdad y conduzca a todos los hombre a la salvación.

2) Tú que brillas con una claridad indecible, sigue iluminando a los hombres y mujeres de nuestra nación; para que, movidos por la claridad de tu Evangelio, construyamos la justicia, la paz y las condiciones necesarias para una vida digna.

3) Tú que con tu luz iluminas nuestras penumbras, acompaña y fortalece a nuestros hermanos que son perseguidos a causa de su fe, para que al conocer tu mensaje, irradien con fidelidad el poder de tu amor a todos los hombres.

4) Tú que te manifiestas al mundo como el Señor de señores, fortalece a esta comunidad que celebra tu Nombre, para que manifieste al mundo el poder de la esperanza que proviene de ti.

MONICIÓN AL OFERTORIO

El amor de Cristo ha atraído a todos los hombres a la misericordia del Padre. Hoy, también nos llama a todos a vivir este misterio de salvación; por eso, llevemos al altar lo mejor de nuestro trabajo y nuestras vidas para que, en lugar de incienso, mirra y oro, presentemos nuestras vidas como agradable ofrenda de amor. Dispongámonos para el ofertorio.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

Al ver al niño, los sabios le adoraron. Ahora que la presencia real de Cristo, la luz del mundo, se encuentra en medio de nosotros, adorémosle desde el fondo de nuestro ser para que seamos instrumentos de su amor y atraigamos a todos los hombres y mujeres a la bondad de su presencia.

Llenos de fe, pasemos a comulgar.

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Descargue estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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:::::::REFLEXIÓN:::::::

Del Concilio Vaticano II. Constitución dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gantium

  1. Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales técnicos y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo.
  1. El Padre Eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad, creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la vida divina, y como ellos hubieran pecado en Adán, no los abandonó, antes bien les dispensó siempre los auxilios para la salvación, en atención a Cristo Redentor, «que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col 1,15). A todos los elegidos, el Padre, antes de todos los siglos, «los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Y estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos desde Adán, «desde el justo Abel hasta el último elegido», serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre.
  1. Vino, por tanto, el Hijo, enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1,4-5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo. Este comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34) y están profetizados en las palabras de Cristo acerca de su muerte en la cruz: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32 gr.). La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Co 5,7). Y, al mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (cf. 1 Co 10,17). Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos.

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