II Domingo del Tiempo Ordinario (A) 2017 : Moniciones

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A – 2017

Is 49, 3. 5-9 / Sal 40 (39) / 1Co 1, 1-3 // Jn 1, 29-34

Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. (Is 49, 9b)

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos hermanos a la celebración del domingo. Hemos iniciado el Tiempo Ordinario, el cual se caracteriza por el color verde y donde renovamos nuestra esperanza en la acción salvadora del Señor. Este domingo, la liturgia nos invita a ser luz para que, como Juan el Bautista, atraigamos a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo al mensaje de bendición de nuestro Señor. Gozosos por este nuevo tiempo que Dios nos concede, iniciemos nuestra alabanza.

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

La Palabra de Dios nos invita hoy a ser testigos de la acción de Dios en el mundo; de esto dan fe San Pablo, quien nos invita a anunciar el gozo de una salvación universal, y san Juan Bautista, en el Evangelio, señala a aquel por quien se ilumina el sentido de toda la experiencia del hombre.

Escuchemos atentamente, para anunciar con nuestra vida el amor de nuestro Dios.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/. Cordero de Dios, escúchanos.

1) Que tu Iglesia, sostenida por la fuerza de tu Espíritu Santo, permanezca en comunión con el Papa Francisco y nuestro obispo N., y así todos seamos una sola familia para gloria tuya.

2) Tú que eres el cordero de Dios que quita los pecados del mundo, protege a nuestro país de todas las adversidades y sigue congregando a todos los hombres en tu amor y paz.

3) Que tu luz ilumine sobre nosotros, Señor; haga fuertes a nuestros hermanos enfermos y quienes sufren; asista a los que se preparan para el bautismo y consuele a los agonizantes.

4) Tú que bautizas con el fuego del Espíritu de vida, unge a nuestra comunidad parroquial para que sembrando la semilla de la fe, permanezca en comunión con nuestro párroco y acreciente el amor fraterno.

MONICIÓN AL OFERTORIO

En Dios puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor, así el salmista reconocía la supremacía de Dios sobre toda su existencia. Al presentar nuestras ofrendas sobre el altar, depositemos en la patena y el cáliz todos los pesares de nuestro corazón para que, con la fuerza del Espíritu Santo, seamos transformados en luz y bendición para nuestras personas más cercanas y nuestra iglesia. Con gran gusto, hagamos nuestra ofrenda.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

Hemos aclamado al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, tal como san Juan Bautista y la Iglesia a lo largo de los siglos lo han hecho. Ahora que su divina presencia está en el altar, adorémosle con profunda reverencia y comulguemos con Él para que, limpios de pecado y puestos en sus manos, seamos luz de esperanza para todos. Pasemos a comulgar.

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Descargue estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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::::::REFLEXIÓN:::::::

Concilio Vaticano II. De la Constitución dogmática Lumen Gentium.

https://monicionista.files.wordpress.com/2017/01/3719c-dscf6775.jpg?w=6906. Del mismo modo que en el Antiguo Testamento la revelación del reino se propone frecuentemente en figuras, así ahora la naturaleza íntima de la Iglesia se nos manifiesta también mediante diversas imágenes tomadas de la vida pastoril, de la agricultura, de la edificación, como también de la familia y de los esponsales, las cuales están ya insinuadas en los libros de los profetas.

Así la Iglesia es un redil, cuya única y obligada puerta es Cristo (cf. Jn 10,1-10). Es también una grey, de la que el mismo Dios se profetizó Pastor (cf. Is 40,11; Ez 34,11 ss), y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mismo Cristo, buen Pastor y Príncipe de los pastores (cf. Jn 10,11; 1 P 5,4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10,11-15).

La Iglesia es labranza, o arada de Dios (cf. 1 Co 3,9). En ese campo crece el vetusto olivo, cuya raíz santa fueron los patriarcas, y en el cual se realizó y concluirá la reconciliación de los judíos y gentiles (cf. Rm 11,13- 26). El celestial Agricultor la plantó como viña escogida (cf. Mt 21,33-34 par.; cf. Is 5,1 ss). La verdadera vid es Cristo, que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos en El por medio de la Iglesia, y sin El nada podemos hacer (cf. Jn 15,1-5).

A veces también la Iglesia es designada como edificación de Dios (cf. 1 Co 3,9). El mismo Señor se comparó a la piedra que rechazaron los constructores, pero que fue puesta como piedra angular (cf. Mt 21,42 par.; Hch 4,11; 1 P 2,7; Sal 117,22). Sobre este fundamento los Apóstoles levantan la Iglesia (cf. 1 Co 3,11) y de él recibe esta firmeza y cohesión. Esta edificación recibe diversos nombres: casa de Dios (cf. 1 Tm 3,15), en que habita su familia; habitación de Dios en el Espíritu (cf. Ef 2,19-22), tienda de Dios entre los hombres (Ap 21,3) y sobre todo templo santo, que los Santos Padres celebran como representado en los templos de piedra, y la liturgia, no sin razón, la compara a la ciudad santa, la nueva Jerusalén [5]. Efectivamente, en este mundo servimos, cual piedras vivas, para edificarla (cf. 1 P 2,5). San Juan contempla esta ciudad santa y bajando, en la renovación del mundo, de junto a Dios, ataviada como esposa engalanada para su esposo (Ap 21,1 s).

La Iglesia, llamada «Jerusalén de arriba» y «madre nuestra» (Ga 4,26; cf. Ap 12,17), es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 19,7; 21,2 y 9; 22,17), a la que Cristo «amó y se entregó por ella para santificarla» (Ef 5,25-26), la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la «alimenta y cuida» (Ef 5,29); a ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad (cf. Ef 5,24), y, en fin, la enriqueció perpetuamente con bienes celestiales, para que comprendiéramos la caridad de Dios y de Cristo hacia nosotros, que supera toda ciencia (cf. Ef 3,19). Sin embargo, mientras la Iglesia camina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Co 5,6), se considera como en destierro, buscando y saboreando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios hasta que aparezca con su Esposo en la gloria (cf. Col 3,1-4).

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