III Domingo del Tiempo Ordinario (A) 2017 : Monciones

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A – 2017

Is 8, 23b-9, 3 / Sal 27 (26) / 1Co 1, 10-13. 17 // Mt 4, 12-23

El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa”. (Is 9, 1a)

amanecer

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos, hermanos, a la celebración del día del Señor. En este III Domingo de Tiempo Ordinario, somos invitados a ser anunciadores de buenas nuevas, es to es, despojarnos de nuestro pesimismo y abrirnos a la alegría del evangelio que hemos recibido.

Llenémonos de la presencia del Espíritu Santo e iniciemos la eucaristía.

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

Una vez más, la Palabra de Dios nos invita a ser luz entre los hombres, para ello, San Pablo nos recuerda que la unidad y comunión fraterna es el testimonio que hace visible la llama de nuestra fe, que es el evangelio del Señor, su reinado en medio de nosotros.

Escuchemos atentos el mensaje de vida.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/.  Cristo, evangelio de Dios, escúchanos.

1) Por tu Iglesia, para que sostenida por la fuerza del Espíritu Santo, no cese de anunciar a todos los hombres la buena noticia de tu reinado; y así, en comunión con nuestro Papa Francisco, caminemos al encuentro contigo en la santidad.

2) Por todos aquellos a quienes has llamado al gobierno de los pueblos que has adquirido por tu Sangre; para que ejerzan el poder con justicia y la luz de tu sabiduría.

3) Por todos nuestros hermanos en la fe que padecen la persecusión a causa de la verdad, de la denuncia de la injusticia y la defensa de la vida; para que sostenidos por tu gracia se sostengan en la fidelidad a la luz recibida en el bautismo.

4) Por esta comunidad de fe, para que permanezca en la unidad por la oración y la caridad; y, así, animada por tu Palabra de vida, responda con presteza a los desafíos de la evangelización.

MONICIÓN AL OFERTORIO

Dispongamos el corazón para presentar las ofrendas de nuestro trabajo sobre el altar. Cristo hoy nos llama a participar del Reino de Dios y para nosotros, la eucaristía es ya una muestra de ese reino, el cual se instaura en nuestro presente con nuestra colaboración. Presentemos la ofrenda del pan y el vino.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

La gran luz que nos guía al reinado de nuestro Dios, Cristo Jesús, nos acompaña, nos sustenta y alimenta, para guiar nuestros pasos por el camino de la nueva alianza y la comunión plena con el Padre y la comunidad de los santos. Llenos de dicha por su presencia entre nosotros, pasemos a comulgar.

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Visualice estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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::::::REFLEXIÓN::::::

Carta encíclica Lumen Fidei del Sumo Pontífice Francisco, sobre la fe.

  1. La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta  expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: « Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas » (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: « Pues el Dios que dijo: “Brille la luz del seno de las tinieblas”, ha brillado en nuestros corazones » (2 Co 4,6). En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. « No se ve que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol », decía san Justino mártir. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, « cuyos rayos dan la vida ». A Marta, que llora la muerte de su hermano Lázaro, le dice Jesús: « ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? » (Jn 11,40). Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso.

  1. Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas. Dante, en la Divina Comedia, después de haber confesado su fe ante san Pedro, la describe como una « chispa, / que se convierte en una llama cada vez más ardiente / y centellea en mí, cual estrella en el cielo ». Deseo hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz.

(Tomado de: <http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei.html&gt;)

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