VI Domingo del Tiempo Ordinario (A) 2017 : Moniciones

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A – 2017

Sir 15, 15-20 / Sal 119 (118) / 1Co 2, 6-10 / Mt 5, 17-37

Que grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder, todo lo ve.”. (Sir 15, 18)

Cruz con flores

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos todos a este encuentro con el Señor de la vida. Celebramos el VI Domingo del Tiempo Ordinario, el cual es un tiempo propicio para dar gracias a Dios por todas sus bondades, por manifestarnos su amor en su Palabra y en la Iglesia; asimismo, por alimentarnos con su divina presencia.

Llenos de esperanza en el Dios de nuestra salvación, celebremos Eucaristía.

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

La vida cristiana encuentra su dicha en el cumplimiento de la Voluntad del Padre manifestada en Jesucristo; sin embargo, esto no se trata de un frío cumplimiento de normas legales y morales: es un asunto que se ilumina desde la caridad y perfección propuestas por el Maestro; de ahí, que estar atentos a la Palabra de vida, nos permitirá discernir frente a las situaciones de la vida y proceder según el corazón de Dios. Escuchemos atentos la Palabra de Dios.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/.  Cristo, evangelio de Dios, escúchanos.

1) Por nuestra Iglesia, para que todos los fieles, en comunión con el Papa Francisco, los obispos, presbíteros y diáconos sea fermento de caridad y acogida para todos.

2) Por nuestro país, para que movido por tu misericordia, construya leyes justas que no sólo castiguen sino que nos animen a encontrarnos a pesar de la diversidad con la que le bendices.

3) Por nuestros hermanos privados de la libertad, para que movidos por tu amor, abran sus corazones a tu misericordia y reconstruyan sus vidas con nuestra caridad.

4) Por nosotros, comunidad parroquial, para que unidos a tu corazón y movidos por el testimonio de los santos, acojamos tus exigencias con fidelidad y alegría para que nos conduzcas a la dicha de tu festín.

MONICIÓN AL OFERTORIO

Al presentar nuestras ofrendas de pan y vino al altar, depositemos en él nuestros corazones. Que el Espíritu Santo nos aliente a convertirnos en reflejo de Jesús manteniendo una palabra oportuna frente a nuestros hermanos.

Movidos por el amor de Dios, hagamos nuestra ofrenda.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

Con el amor de Jesucristo la ley adquiere sentido. Que al comulgar con su presencia sacramental, seamos movidos a renovar nuestro compromiso bautismal de permanecer fieles a su enseñanza, de modo que, iluminados por su presencia, demos sentido a las acciones de nuestra vida. Pasemos a comulgar.

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Visualice estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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::::::REFLEXIÓN::::::

De la carta encíclica Deus Cáritas est del Papa Benedicto XVI

EL EJERCICIO DEL AMOR

POR PARTE DE LA IGLESIA

COMO « COMUNIDAD DE AMOR »

La caridad de la Iglesia como manifestación del amor trinitario

  1. « Ves la Trinidad si ves el amor », escribió san Agustín.[11] En las reflexiones precedentes hemos podido fijar nuestra mirada sobre el Traspasado (cf. Jn 19, 37; Za 12, 10), reconociendo el designio del Padre que, movido por el amor (cf. Jn 3, 16), ha enviado el Hijo unigénito al mundo para redimir al hombre. Al morir en la cruz —como narra el evangelista—, Jesús « entregó el espíritu » (cf. Jn 19, 30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección (cf. Jn 20, 22). Se cumpliría así la promesa de los « torrentes de agua viva » que, por la efusión del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf. Jn 7, 38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Jn 13, 1; 15, 13).

El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres. Es este aspecto, este servicio de la caridad, al que deseo referirme en esta parte de la Encíclica.

La caridad como tarea de la Iglesia

  1. El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado. La Iglesia ha sido consciente de que esta tarea ha tenido una importancia constitutiva para ella desde sus comienzos: « Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno » (Hch 2, 44-45). Lucas nos relata esto relacionándolo con una especie de definición de la Iglesia, entre cuyos elementos constitutivos enumera la adhesión a la « enseñanza de los Apóstoles », a la « comunión » (koinonia), a la « fracción del pan » y a la « oración » (cf. Hch 2, 42). La « comunión » (koinonia), mencionada inicialmente sin especificar, se concreta después en los versículos antes citados: consiste precisamente en que los creyentes tienen todo en común y en que, entre ellos, ya no hay diferencia entre ricos y pobres (cf. también Hch 4, 32-37). A decir verdad, a medida que la Iglesia se extendía, resultaba imposible mantener esta forma radical de comunión material. Pero el núcleo central ha permanecido: en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa.
  1. Un paso decisivo en la difícil búsqueda de soluciones para realizar este principio eclesial fundamental se puede ver en la elección de los siete varones, que fue el principio del ministerio diaconal (cf. Hch 6, 5-6). En efecto, en la Iglesia de los primeros momentos, se había producido una disparidad en el suministro cotidiano a las viudas entre la parte de lengua hebrea y la de lengua griega. Los Apóstoles, a los que estaba encomendado sobre todo « la oración » (Eucaristía y Liturgia) y el « servicio de la Palabra », se sintieron excesivamente cargados con el « servicio de la mesa »; decidieron, pues, reservar para sí su oficio principal y crear para el otro, también necesario en la Iglesia, un grupo de siete personas. Pero este grupo tampoco debía limitarse a un servicio meramente técnico de distribución: debían ser hombres « llenos de Espíritu y de sabiduría » (cf. Hch 6, 1-6). Lo cual significa que el servicio social que desempeñaban era absolutamente concreto, pero sin duda también espiritual al mismo tiempo; por tanto, era un verdadero oficio espiritual el suyo, que realizaba un cometido esencial de la Iglesia, precisamente el del amor bien ordenado al prójimo. Con la formación de este grupo de los Siete, la « diaconía » —el servicio del amor al prójimo ejercido comunitariamente y de modo orgánico— quedaba ya instaurada en la estructura fundamental de la Iglesia misma.

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