VII Domingo del Tiempo Ordinario (A) 2017 : Moniciones

VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A – 2017

Lv 19, 1-2. 17-18 / Sal 103 (102) / 1Co 3, 16-23 // Mt 5, 38-48

Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.”. (Lv 19, 2b)

MONICIÓN DE ENTRADA

Hermanos y hermana, bienvenidos a la casa del Señor y a la celebración de esta Eucaristía correspondiente al VII Domingo del Tiempo Ordinario. La invitación que nos hace hoy la liturgia es a la santidad; sin embargo, ponemos nuestros “peros” ante la gracia. Ser cristiano es ser diferente a los criterios de muchos; por tanto, sumerjámonos en el corazón de Dios para que guíe nuestros pasos. Dichosos, iniciemos esta celebración.

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

A lo largo de las lecturas de este domingo encontraremos tres repercusiones que tienen implicaciones en nuestras vidas: primero es a ser santo como lo es nuestro Dios; segundo, a cuidar nuestros cuerpos como santuario de Dios y, por último, a amar aun a nuestros enemigos. El camino es exigente, pero si tenemos un camino cómodo ¿qué mérito tendremos?

Escuchemos la Palabra de nuestro Dios que nos guía a la santidad.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/.  Cristo, Palabra eterna del Padre, escúchanos.

1) Oremos por nuestra Iglesia, para que sostenida por la fuerza del Espíritu Santo, sea recito de caridad y acogida a los pecadores; y continúe anunciando a todos el camino que lleva a la santidad.

2) Oremos por las necesidades de nuestro país; para que, animados por la Palabra de Vida, todos los corazones depongamos el criterio de la justicia como venganza y acohjamos la invitación de Dios a la perfección por la misericordia.

3) Oremos por nuestros hermanos enfermos; en especial por aquellos hermanos que tienen enfermo el corazón por el rencor o el dolor causado por otros, para que la mirada tierna del Jesús sea bálsamo a sus heridas y llene de sentido el camino del perdón.

4) Oremos por nuestra comunidad de fe, la cual puede verse afectada por síntomas de división, para que unidos a Cristo, nuestro maestro, venzamos el egoísmo a fuerza de caridad.

MONICIÓN AL OFERTORIO

Dice el salmista: bendice al Señor, alma mía, no olvides sus muchos beneficios. Dios nos ha bendecido con múltiples manifestaciones de su ternura; alabemos su Nombre, depositando en el altar, junto al pan y el vino nuestra acción de gracias.

Hagamos nuestra ofrenda llenos de alegría.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

La invitación de este domingo es clara: Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial es perfecto; sin embargo, como pecadores, Dios nos invita a su camino de gracia; por ello se encarnó en el vientre de la Inmaculada y, ahora, en el altar se hace presente para alimentarnos y alentarnos a iniciar o continuar con decisión este camino de santidad. Con fe, pasemos a comulgar.

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Visualice estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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::::::REFLEXIÓN::::::

De la Verdadera y perfecta alegría de San Francisco de Asís

El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo:

– «Hermano León, escribe.»

El cual respondió:

– «Heme aquí preparado.»

– «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.

Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.

Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.

También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

Pero ¿cuál es la verdadera alegría?

Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.

Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.

E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.

Y él responde: No lo haré.

Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.

Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.

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