I Domingo de Cuaresma (A) 2017 : Moniciones

I DOMINGO DE CUARESMA

CICLO A – 2017

Gn 2,7-9;3,1-7 / Sal 50 / Rm 5,12-19 // Mt 4,1-11

Misericordia, Dios mío, por tu bondad”. (Sal 50)

Ron de Wadi 1

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos, hermanos, a la celebración dominical. Iniciamos la Cuaresma, tiempo de penitencia y conversión a causa de nuestro alejamiento de Dios; sin embargo, también un tiempo de gracia y silencio para poder gozar del amor infinito de Dios, el cual está por encima de toda tentación y pecado.

Con lo ojos puestos en la presencia de nuestro salvador, celebremos nuestra acción de gracias.

MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

La Palabra de Dios nos recuerda que el amor de Dios es más grande que toda tentación y pecado; sin embargo, nos recuerda que estamos expuestos a alejarnos de Dios y por ello nos advierte del peligro y la muerte que esto conlleva.

Que en este tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios dirija nuestros pasos.

ORACIÓN DE LOS FIELES

R/.  Derrama sobre nosotros tu misericordia, Señor..

1) Por el Papa Francisco, nuestro obispo N., nuestro párroco y todo el pueblo que has adquirido con tu sangre, para que en este tiempo de Cuaresma, movidos por tu amor, demos abundantes frutos de conversión.

2) Por nuestros pueblos oprimidos por el pecado, para que sostenidos por tu Verdad, sembremos la justicia y la bondad que expulsan todo mal.

3) Por nuestro hermanos que movidos por la tentación del egoísmo se han alejado de ti, para que tu gracia los sostenga y tu amor salga a su encuentro conduciéndolos a la felicidad.

4) Por esta comunidad que has reunido con la fuerza de tu Espíritu, para que, atenta a tu Palabra, constante en la oración y la penitencia, descubra el rostro amable y fraterno de vivir en tu presencia.

MONICIÓN AL OFERTORIO

El Señor conoce nuestro corazón; Él sabe de nuestro pecado, pero también de nuestra bondad. Presentemos en el altar la ofrenda de nuestra vida, para que, junto con el pan y el vino, sean presencia de Él en el mundo y signo de dicha para los que nos rodean. Hagamos nuestra ofrenda.

MONICIÓN A LA COMUNIÓN

El amor de Cristo es la fuerza que nos ayuda a vencer la tentación y el pecado. Volvamos los ojos a su divina presencia, comulguemos con él para vivir la justificación y el poder de la misericordia. Como hermanos, unidos de corazón, pasemos a comulgar.

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Vea estas moniciones en versión imprimible dando click aquí

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::::: REFLEXIÓN:::::

De la carta encíclica Dives in Misericordia de san Juan Pablo II

« Dios rico en misericordia » es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer. A este respecto, es digno de recordar aquel momento en que Felipe, uno de los doce apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo: « Señor, muéstranos al Padre y nos basta »; Jesús le respondió: « ¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre ». Estas palabras fueron pronunciadas en el discurso de despedida, al final de la cena pascual, a la que siguieron los acontecimientos de aquellos días santos, en que debía quedar corroborado de una vez para siempre el hecho de que « Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo ».

Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en correspondencia con las necesidades particulares de los tiempos en que vivimos, he dedicado la Encíclica Redemptor Hominis a la verdad sobre el hombre, verdad que nos es revelada en Cristo, en toda su plenitud y profundidad. Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es « misericordioso y Dios de todo consuelo ». Efectivamente, en la Constitución Gaudium et Spes leemos: « Cristo, el nuevo Adán…, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación »: y esto lo hace « en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor ». Las palabras citadas son un claro testimonio de que la manifestación del hombre en la plena dignidad de su naturaleza no puede tener lugar sin la referencia —no sólo conceptual, sino también íntegramente existencial— a Dios. El hombre y su vocación suprema se desvelan en Cristo mediante la revelación del misterio del Padre y de su amor.

Por esto mismo, es conveniente ahora que volvamos la mirada a este misterio: lo están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de tantos corazones humanos, con sus sufrimientos y esperanzas, sus angustias y expectación. Si es verdad que todo hombre es en cierto sentido la vía de la Iglesia —como dije en la encíclica Redemptor Hominis—, al mismo tiempo el Evangelio y toda la Tradición nos están indicando constantemente que hemos de recorrer esta vía con todo hombre, tal como Cristo la ha trazado, revelando en sí mismo al Padre junto con su amor.7 En Cristo Jesús, toda vía hacia el hombre, cual le ha sido confiado de una vez para siempre a la Iglesia en el mutable contexto de los tiempos, es simultáneamente un caminar al encuentro con el Padre y su amor. El Concilio Vaticano II ha confirmado esta verdad según las exigencias de nuestros tiempos.

(Tomado de: <https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30111980_dives-in-misericordia.html>)

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