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XII Domingo del Tiempo Ordinario (B): Reflexión

Toda persona que está en Cristo es una creación nueva (2Co 5, 17a)

XII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Continuando con nuestro camino de acercamiento a la obra de las comunidades apostólicas, este XII Domingo del tiempo ordinario, escucharemos la siguiente lectura:

“El amor de Cristo nos urge, y afirmamos que si él murió por todos, entonces todos han muerto. El murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para él, que por ellos murió y resucitó.
Así que nosotros no miramos ya a nadie con criterios humanos; aun en el caso de que hayamos conocido a Cristo personalmente, ahora debemos mirarlo de otra manera. Toda persona que está en Cristo es una creación nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha llegado.”
2Co 5, 14-17 (versión: Biblia Latinoamericana)

GÉRARD, Marguerite
Lady Reading in an Interior
1795-1800
Oil on canvas, 62 x 51 cm
Private collection

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En este domingo, si bien, la mayoría de lecturas nos centran en la obediencia que la creación presentan ante la Palabra de Jesús, nosotros buscamos ubicarnos en las palabras de Pablo, el cual, busca antes que nada formar a comunidades que han ido haciendo un recorrido de discipulado y saben que ese Jesús, a quien el viento y el mar le obedecen, es el Cristo: el Ungido de Dios, el Mesías libertador.

Para iniciar, vale la pena decir que es Cristo el centro de la fe cristiana; si bien el Papa Francisco ha insistido que la identidad cristiana no se basa en signos, ni mensajes de videntes, algunos cristianos parecen dar mayor centralidad a estas expresiones de la fe y la devoción, que a las fuentes mismas de donde brotan los misterios de nuestra redención: la Sagrada Escritura.

Algunos aluden su desidia a acercarse a la Palabra de Dios, debido a su desconocimiento; otros, a que consideran ese ejercicio como algo propio de las Iglesias protestantes y poco a fin a su vivencia como católico; y otros, aún peores, afirman que su lectura puede llevar a la demencia; finalmente, algunos más cómodos han optado por libritos de bellas reflexiones pero de poco contenido bíblico; pero entre unos y otros se cae en errores en los que el mismo diablo hace su obra de confusión.

Se afirma que san Jerónimo dijo: “Desconocer las Escrituras, es desconocer a Cristo” y pues bien, muchos hemos caído en el error, el pecado de desconocer a ambos. Dicho desconocimiento socava las fuentes de la espiritualidad que decimos abrazar: la Cristiana. Si alzamos la mirada hacia nuestros hermanos que han sido reconocido por sus méritos: los santos, nos encontramos con personajes que, movidos por su amor a Cristo, encontraron en la Sagrada Escritura un motivo para ser cristianos auténticos: San Antonio de Padua, santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco, Santa Luisa de Marillac, San Ignacio de Loyola y Santa Catalina de Siena, son magníficos ejemplos de relación constante con la Palabra de Dios desde sus diferentes carismas. Cuando esta misma palabra se hace carne en el creyente; es decir, cuando se medita, se ora y se hace vida (Clave fundamental en el método de oración de los monjes cristianos y que llamamos Lectio Divina), cuando se estudia a la luz de la tradición de la Iglesia y se comparte con los hermanos de la comunidad de fe, entonces, los creyentes tenemos la posibilidad de convertirnos en criaturas nuevas, es decir, de mirarnos en el espejo del mismo Cristo, como afirmaba santa Clara de Asís en su tercera carta a Inés de Praga:

… fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (cf. Heb 1,3), fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad (cf. 2 Cor 3,18), para que también tú sientas lo que sienten los amigos cuando gustan la dulzura escondida (cf. Sal 30,20) que el mismo Dios ha reservado desde el principio para quienes lo aman (cf. 1 Cor 2,9). Y dejando absolutamente de lado a todos aquellos que, en este mundo falaz e inestable, seducen a sus ciegos amantes, ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó todo entero (cf. Gál 2,20), cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen límite (cf. Sal 144,3); hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen” (n. 12-17).

¿Acaso con esto ya no podemos “verlo de otra manera” (2 Co 5, 16b)?, no solo como una bella imagen que engalana nuestros templos y habitaciones, sino también, como nuestro redentor, el Dios-Hombre que se deja encontrar para explicarnos las Escrituras y partirnos el pan (Cf. Lc 24, 13-35).

La invitación, este domingo a ser criaturas nuevas, será reconocer a Cristo en su Palabra, a tomar nuestras Biblias, a leer el evangelio del día o ese que recordamos con tanto cariño, de modo que “…el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios” (Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 23).

Que el amor que profesamos a Cristo nos apremie a reconocerle en nuestra liturgia de la Palabra y del Pan compartido.

    SALMO 118, 105-112


Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

BONDOL, Jean
Bible of Jean de Vaudetar
1372
Manuscript (Ms. 10 B 23), 292 x 215 mm
Museum Meermanno-Westreenianum, The Hague

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Vea las moniciones para el XII Domingo del Tiempo Ordinario

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Kiononía san Ignacio

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